Vivarium
“Lo recuerdas, el viento, Gemma, antes de llegar aquí el viento era excelente, nunca me di cuenta cuánto me gustaba”.
“Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara”.
Jorge Luis Borges
La semana pasada vi una película que me impactó y me ha dejado reflexionando. Se titula Vivarium (vivero), término en latín que hace referencia a un lugar, como un laboratorio, terrario o invernadero, donde se mantienen animales o plantas vivos en condiciones que simulan su entorno natural; ya sea para investigación, estudio o reproducción.
Vivarium es una película de suspenso psicológico y ciencia ficción de 2019 dirigida por Lorcan Finnegan, a partir de una historia de Finnegan y Garret Shanley. Se trata de una coproducción internacional entre Irlanda, Dinamarca y Bélgica.
Al inicio, los nombres de los actores aparecen sobre la imagen de un nido de pichones en el que hay un ave ajeno a esa familia, y consigue deshacerse de las crías legítimas para que la madre lo alimente exclusivamente a él (son especies parasitarias que no construyen nidos y colocan sus huevos en nidos de otras especies, por ejemplo en mi país, Argentina, podría ser un Tordo Renegrido o un Crespín, entre otros). Puedes interiorizarte aquí: Aves en movimiento.
El film continúa con una joven pareja que decide mudarse y acepta el ofrecimiento de una inmobiliaria para visitar un barrio cerrado en el cual las casas son idénticas. A partir de allí se desencadenan una serie de acontecimientos que llevaron a los críticos a darle innumerables interpretaciones. Las más aceptadas fueron aquellas que afirman que retrata los mandatos sociales o acaso una invasión extraterrestre. Yo creo que es mucho más que esto (y en esta creencia te pido por favor que tú también puedas verla y contarme qué te ha parecido). No sólo sintetiza el modo “automático” en el que vivimos, sino cuánto dejamos en poder de un sistema que nos arrastra a vivir prácticamente en cautiverio y alejados de la naturaleza “real”. Desde los departamentos extremadamente pequeños; hasta casas enormes y clonadas, con club house, calles y plantas perfectas, y reglamentos internos de convivencia.
Desde lo alto, Vivarium me permitió observar la existencia de sus personajes como si estuvieran dentro de un invernadero y manejados vaya a saber por qué oscuros hilos. Enseguida pensé acerca del padecimiento que sufren los seres vivos que son manipulados con nuestros aberrantes experimentos, o en los animales silvestres que son secuestrados como mascotas y gozan de miles de likes en las redes sociales. Desde monos vestidos o caballos explotados en un hipódromo, hasta los pequeños “hámsters” en su rueda loca.
A propósito, te comparto un cuento inquietante del escritor Gustavo Di Pace, que narra con cruda precisión el tema de los animales silvestres tomados como mascotas. Puedes descargar el cuento aquí: Lorena.
Al igual que desde pequeñas las personas pueden verse inclinadas hacia el dibujo, la química, la medicina, la radio, o la televisión, desde niña yo siempre sentí un amor profundo por la naturaleza y me comprometí con su defensa.
Lo hice de diversas maneras: escribiendo en diarios regionales, militando en partidos políticos, formando parte de organizaciones no gubernamentales y marchas, hasta llegar al día de hoy (debo confesarlo) con el alma un poco partida. Y digo “un poco partida” (y al escribirlo lo reafirmo), porque el libro La inteligencia de las flores, de Maurice Maeterlinck (que me han regalado hace años y a quien le debo el nombre de mi proyecto actual El Camino de las Flores) no permite que mi alma sea “partida del todo”. Sé que, a pesar de la tristeza, no hay tiempo para el desánimo.
“Ese mundo vegetal que vemos tan tranquilo, tan resignado, en que todo parece aceptación, silencio, obediencia, recogimiento, es por el contrario aquel en que la rebelión contra el destino es la más vehemente y la más obstinada. El órgano esencial, el órgano nutricio de la planta, su raíz, la sujeta indisolublemente al suelo. Si es difícil descubrir, entre las grandes leyes que nos agobian, la que más pesa sobre nuestros hombros, respecto a la planta, no hay duda; es la que condena a la inmovilidad desde que nace hasta que muere. Así es que sabe mejor que nosotros, que dispersamos nuestros esfuerzos, contra qué rebelarse ante todo. Y la energía de su idea fija que sube de las tinieblas de sus raíces para organizarse y manifestarse en la luz de su flor es un espectáculo incomparable. Tiende toda entera a un mismo fin: escapar por arriba a la fatalidad de abajo; eludir, quebrantar la pesada y sombría ley, libertarse, romper la estrecha esfera, inventar o invocar alas, evadirse lo más lejos posible, vencer el espacio en que el destino la encierra, acercarse a otro reino, penetrar en un mundo moviente y animado. ¿No es tan sorprendente que lo consiga, como si nosotros lográsemos vivir fuera del tiempo que otro destino nos señala, o introducirnos en un universo eximido de las leyes más pesadas de la materia?”.
Fragmento de La inteligencia de las flores, de Maurice Maeterlinck
Cada pequeño acontecimiento natural no sólo es celebratorio sino también contagioso, así que decidí (y decido cada día) contagiar de vida a todos quienes me rodean.
El Camino de las Flores suele asociarse al famoso poema coreano “Azaleas”, donde el poeta Kim Sowol escribió: “Esparciré flores en el camino para ti”. Significa desearle a alguien que tenga suerte y felicidad en su camino. En este sentido, deseo bienestar y felicidad para todos los seres que habitan el planeta y, por supuesto, te incluyo a ti, querido/a lector/a.
Música para acompañar la lectura:




